Amistades ministeriales

El ministro debe ser una persona amistosa, y abierta a hacer amigos.

Jesús era amigo de Lázaro (Juan 11:5), por eso cuando Lázaro murió el Señor lloró (Juan 11:35).

Pablo y Bernabé fueron compañeros de ministerio, y cuando surgió una controversia, en torno Juan Marcos el sobrino de Bernabé, se separaron; aunque luego volvieron a viajar juntos (Hechos 15:36).

Como ya lo he mencionado, Juan Marcos abandonó a Pablo en un momento dado.

Pablo tuvo muchas experiencias amargas, con aquellos que en un momento dado, pensó que eran sus amigos; pero que finalmente terminaron separándose de él (2 Timoteo 4:9-12).

Jesús pensaba que sus discípulos, más que discípulos, habían llegado a ser sus amigos; pero en el momento de su apresamiento, todos lo dejaron solo (Mateo 26:56), con la excepción de Juan, que aunque huyó, luego al día siguiente se mantuvo frente a la Cruz, con María la madre (Juan 19:26-27).

Timoteo fue un amigo del apóstol Pablo, hasta el final de su vida, hasta donde la Biblia nos da luz (2 Timoteo 4:9).

David y Jonatán fueron amigos para siempre (1 Samuel 18:1).

Abraham y Lot fueron tíos y sobrinos, y compañeros de peregrinación, hasta que los intereses económicos los dividieron (Génesis 13).

Los amigos de Job lo abandonaron, y lo juzgaron negativamente, en sus tiempos de crisis (Job 5).

Y es que por la Biblia y la experiencia, he aprendido que el ministro, tiene dos tipos de amistades; amigos personales, y amistades ministeriales.

Los primeros son amigos reales, unidos por un vínculo de amor real a sus vidas, en cualquier circunstacias, e independientemente al ministerio, o actividad que se realice.

La segunda es una amistad ministerial, que está condicionada a esta actividad. Siempre que hayan intereses comunes que los una estarán ahí, pero cuando las reglas del juego, o las circunstancias afecten estos intereses, o ya no los hagan posible, la amistad empezará a enfriarse, hasta perder todo tipo de interés.

La clave en esto debe radicar, en saber quién es un amigo real, y quién está a nuestro lado, por intereses ministeriales o laborales.

Porque duele más saber, que alguien en verdad nunca fue tu amigo o amiga, cuando uno pensó que lo era; a que siempre haber  sabido que fueron simples conocidos y colegas, que realizaban juntos ciertas actividades.

Los amigos se aman, se cuidan, se protegen, se aconsejan, se ayudan, se regañan, se perdonan, y se buscan, sin importar la distancia o las circunstancia del momento.

Siempre he dicho, que es mejor mantener un buen amigo conocido, que empezar hacer nuevos amigos; porque el conocido no necesita darse a conocer, pero no sabemos quién es el que estamos por conocer, y si su interés o foco de atención es uno mismo, o simplemente la función que uno realiza propiamente.

Hacer amigos requiere una inversión de tiempo oración, energía y mucho esguerzo.

Imagen de portada/El Rincón Literario.

Por Rev. Ruddy Carrera.