Por el Reverendo Ruddy Carrera.

La iglesia solo reconoce dos oficiales que son los pastores y los diáconos. Esto es lo que establece la Biblia, por lo que cualquier otro ministerio en la Iglesia tiene y debe ocupar un rol importante en la comunidad de fe, pero no se debe insinuar ni pretender equipararlos a los bíblicamente oficiales.

Lo primero es que antes de elegir al pastor o diáconos de una congregación, estos deben cumplir con todos los requisitos establecidos en 1 Timoteo 3. Y tener una clara interpretación correcta de este contexto. Por ejemplo en cuanto al verso 2 sobre “apto para enseñar”, se debe tener en cuenta que lo más correcto es que el obispo sea un hombre de Dios con llamado, y como consecuencia un profesional en el área ministerial, que pueda enseñar la Palabra correctamente.

Un ingeniero está apto para construir, un médico para medicar, y lo mismo se aplica a otras áreas del saber humano. Entonces no debe exeptuarse a los guías espirituales de la misma normativa. No se trata del conocimiento apropiado para construir un puente del cual penderán millones de vidas. Es un asunto más relevante aún. Se trata de construir las bases de la fe de la gente, del cual penderá su destino eterno ¿Entiendes? Es el mayor de los roles.

Pero cuando se trata de elegir las otras autoridades que dirigirán algunos departamentos, muchos de estos requisitos son esenciales. Especialmente los éticos y morales.

Que ningunos de estos líderes laicos, pretendan estar al mismo nivel de las autoridades espirituales oficiales de la Iglesia.

Con el auge del crecimiento y expansión del evangelio, todo parece indicar que ya todo es lo mismo a nivel ministerial, y que todos los roles están al mismo nivel. Los pastores y diáconos empiezan a perder autoridad, y sus imágenes lucen difusas y diminutas, frente a los líderes carismáticos que parecen influenciar y controlar todo a su alrededor.

Pero los oficiales de la Iglesia deben entender bien su rol bíblico y reclamar con toda autoridad el lugar que les corresponde.

Ante de elegir a sus líderes directivos, la Iglesia no puede perder de vista el buen testimonio, la fidelidad y vocación de estos.

El líder debe ganarse su puesto, antes de aspirar a ser  elegido para puesto directivo en la congregación.

Son los oficiales los que tienen competencia, para discernir algún tipo de ministerio en un miembro de la Iglesia, y entonces en el momento que se requiera, o cuando haya elecciones de autoridades eclesiásticas, son ellos y no otros los que le deben proponerles a la congregación, los candidatos que hayan considerados en oración.

El punto aquí es que los oficiales de la Iglesia y no otros, solo proponen y finalmente es la Iglesia la que elige a sus líderes.

Esto les da a los oficiales un rol bíblico de autoridad, y a la Iglesia participación en las tomas de decisiones importantes.

Los oficiales no deben ser tiranos, y la iglesia debe ser congregacional y democrática en su sistema.

Cuando una congregación elige un líder departamental, no debe ponerle fecha de expiración a su mandato. Un buen líder merece servir. Los otros miembros siempre tendrán un espacio y una oportunidad de servir en una iglesia saludable y en crecimiento.

El otro punto aquí es que en el ministerio a diferencia de los puestos ejecutivos corporativos, no se crece por competencia, sino por la gracia de Dios y los méritos del líder. Dios en su gracia inmerecida nos llama, y nosotros como líder respondemos a ese llamado capacitándonos en su Obra, para hacer un ministerio más exelente para su gloria. Este proceso de estudios se convierte en méritos humanos que la Iglesia debe observar y valorar a la hora de elegir a alguien.

Pero no debemos llamarnos a engaños, al ignorar que no solo hay un irrespeto en la Iglesia de nuestro tiempo, al desconocer muchas veces las  autoridades establecidas, y una muy alta falta de valoración a estos méritos de los líderes. Sino que también se exhibe una competencia descarada entre una gran parte del liderazgo cristiano, que nos recuerda la bajeza a la que hermos llegado como cuerpo de Cristo. Debemos hacer algo al respecto.

El pastor siempre será el líder más esforzado en la Iglesia, porque el pastor siempre debe: predicar, enseñar, evangelizar, visitar, aconsejar hacer misiones, saber orar, y hasta hacer trabajos técnicos para ayudar en los proyectos de la Iglesia.

Pero no siempre el predicador, el maestro, el evangelista, el servidor, consejero y misionero o los técnicos en construcción, los electricista, o plomeros y pintores son pastores; pero en la mayoría de las veces el pastor en la Iglesia es todo esto, o en parte algunas de ellas.

Con razón el pastor es el ángel de la Iglesia.

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Hasta aquí nos ayudó Jehová (1 Sam. 7:12).
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