La meditación como medio de buscar la comunión con Dios, y estar en armonía con su creación, fue muy común en los tiempos bíblicos, en la vida de aquellos que procuraron vivir una vida acorde a la voluntad de Dios. Aun el mismo Señor se solía apartar a los lugares solitarios, para pasar tiempo con su Padre (Lucas 5:16). Y luego en los tiempos post bíblicos muchos creyentes practicaron y promovieron el ascetismo.

Aunque la meditación cristiana no busca entrar en otras dimensiones espirituales, como aquellas que promueven algunas religiones orientales, que por medio de tales prácticas ascéticas contemplativas, procuran llegar al estado de perfección espiritual y al estado beatífico.

Contrario a tales filosofías y a lo que considera la teología católica, el cristiano no es beatificado o santificado por sus obras, sino más bien por un acto de gracia divina al haber creído en el sacrificio que Cristo efectuó en la cruz del calvario (Efesios 2:8-9). 

Al igual que el resto de las buenas acciones, la meditación no nos puede salvar; porque la salvación no es por obra, es por gracia. Sin embargo, las buenas obras en la vida cristiana deben ser consideradas el resultado de la salvación y la obra transformadora del Espíritu Santo (Santiago 2:18).

Todos los cristianos estamos llamados a practicar el bien, porque eso forma parte de nuestra naturaleza espiritual. Es esta naturaleza del nuevo hombre la que se alimenta de tales disciplinas espirituales, que tienen que ver con asuntos como: el orar, meditar, estudiar la palabra de Dios, el compañerismo cristiano, la proclamación del mensaje del evangelio, el congregarse, y el ofrendar para el reino de Dios, etc.

Entonces podemos afirmar que la meditación puede ser considerada una disciplina espiritual, porque no es un evento que ocurre en determinado momento, sino que forma parte de un hábito de nuestro peregrinaje en esta vida terrenal, por medio del cual buscamos conocer la voluntad de Dios, y fortalecer nuestra relación personal con él.

Existen muchos modos o formas de meditar en Dios, pero todas tienen en común que procuran contemplar a Dios en la oración, o en el examen de nuestras conciencias a la luz de lo que enseña la Palabra de Dios, en la búsqueda del conocimiento del significado de nuestras vidas, y su propósito en el universo. Sin embargo, para el creyente la postura del cuerpo carece de importancia al meditar en la obra de Dios, porque como las demás buenas acciones y posturas de adoración, carece de poder y no tiene incidencia en la voluntad de Dios.

No existe un método cristiano para la meditación, porque solo un ser nacido de nuevo puede entender y valorar la hermosura de Dios, al contemplar su voluntad establecida en su Santa Palabra. Nadie puede contemplar aquello por lo cual no siente interés. Por tal razón solo aquellos que consideran a Dios interesante en sus vidas, pueden dedicar tiempo a meditar en él; porque al hacerlo se complacen en su voluntad que siempre es buena.

Al parecer el ruido, la multitud y las ocupaciones, han sido un obstáculo que nos impide contemplar a Dios. Quizás esta sea la razón por la cual muchos al hacer una exégesis pobre, de lo que enseñan Las Escrituras sobre este tópico, han llevado el hábito al extremo, viviendo una vida monástica literalmente hablando, alejándose por completo del resto de la sociedad y la modernidad.

Es correcto alejarnos por el tiempo necesario para descansar, autoevaluarnos y meditar en las ordenanzas y promesas de Dios para nuestras vidas, porque al hacerlo estaremos recargando nuestras baterías y renovando nuestras fuerzas, para seguir en sus propósitos sin desviarnos de nuestra meta de vida. Cuando leemos los Evangelios vemos que precisamente esto era lo que hacía nuestro Señor y Salvador Jesucristo.

Por ejemplo, en la Biblia vemos que:

  1. Antes de iniciar su ministerio Jesús duró 40 días en el desierto (Mateo 4:2). 
  2. Ya en pleno ministerio solía separarse de la gente a lugares solos a orar (Lucas 5:16).
  3. Después de encontrarse con el Señor, Pablo se retiró por tres años (Gálatas 1:18).

También encontramos unas series de textos que nos indican que:

  1. A Dios le agrada (Salmos 19:14).
  2. Meditar en Dios nos da alegría (Salmos 19:14).
  3. Debemos meditar en su creación y obras (Salmos 77:12).
  4. Está en los planes de Dios (Filipenses 4:8).
  5. Debemos hacerlo en nuestros descansos (Salmos 63:6).
  6. Debemos meditar en La Palabra de Dios (Josué 1:8; Salmos 119:15).

Hoy más que nunca la meditación del cristiano es importante para mantenerse fiel a las promesas del Señor, en medio de una sociedad que vive bajo un esquema agitado y acelerado. A veces los ruidos de este mundo no nos dejan escuchar la voz de Dios, pero muchas veces Dios suele hablar en medio del silbo apacible 1 reyes 19:12-13).

Por el Pastor Ruddy Carrera.

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