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Cristianos que proclaman

Cristianos que proclaman

La proclamación de la Palabra fue el último deseo de nuestro Señor mientras estuvo en la tierra (Marcos 16:15). Este acto ha sido denominado la Gran Comisión, porque es el momento donde Jesus ordena a sus discípulos a salir a anunciar el mensaje de las buenas nuevas acerca de la salvación (Romanos 10:14).

Al igual que el resto de las buenas acciones, la proclamación no nos puede salvar; porque la salvación no es por obra, es por gracia. Sin embargo, las buenas obras en la vida cristiana deben ser consideradas el resultado de la salvación y la obra transformadora del Espíritu Santo (Santiago 2:18). La predicación se enmarca dentro de las buenas obras del cristiano y las disciplinas espirituales.

Todos los cristianos estamos llamados a practicar el bien, porque eso forma parte de nuestra naturaleza espiritual. Es esta naturaleza del nuevo hombre la que se alimenta de tales disciplinas espirituales, que tienen que ver con asuntos como: el orar, meditar, estudiar la palabra de Dios, el compañerismo cristiano, la proclamación del mensaje del evangelio, el congregarse, y el ofrendar para el reino de Dios, etc.

Entonces podemos afirmar que la Proclamación puede ser considerada una disciplina espiritual, porque no es un evento que ocurre en determinado momento, sino que forma parte de un hábito de nuestro peregrinaje en esta vida terrenal, por medio del cual buscamos conocer la voluntad de Dios, y fortalecer nuestra relación personal con él.

La razón básica por la que el cristiano debe hacer de la Proclamación un hábito espiritual en su vida cotidiana es porque no es una opción que el creyente elige; es un mandato. Para hablarle a otros sobre Jesús no hay que ser un experto en teología ni un prominente líder cristiano. Solo basta con tener el interés y el agradecimiento de querer que Dios haga en otros la Obra que él operó en nosotros. Solo basta hablarle un momento a otros sobre Jesús. O aconsejar a otros creyentes. No es cosa de una élite especial, sino de gente santa y dispuesta. Lo único que el creyente debe hacer es orar, encomendarse a Dios y saber bien lo que va a hablar. 

Los miembros de la Iglesia Local a veces están esperando que un misionero extrangero llegue a su comunidad, para hacer la tarea que ya Dios le encomendó a ellos en ese lugar; pero desde la perspectiva del sentido bíblico de la Gran Comisión, todos somos misioneros (Apocalipsis 1:6). Y todos estamos llamados a hacer la Obra de Dios, empezando por nuestra zona donde vivimos, y con nuestra gente más cercana (Hechos 1:8). Si no amamos a la gente de nuestro entorno, difícilmente amaremos a gente desconocida, lejana y extraña.

Cada Iglesia local debe discipular y capacitar a sus miembros, para que testifiquen acerca de su fe en sus hogares, vecindarios, y en los lugares de trabajos y estudios. La Iglesia de Dios debe ser una iglesia viva que brinde esperanza y luz a un mundo que está perdido en las tinieblas del pecado (Juan 3:19).

El señor sigue confiando en su iglesia. Ahora él espera que esta generación de creyentes también use sus recursos para alcanzar a los no salvos. Trabajar para Dios es enrolarse en una aventura. Es divertido. Solo usemos nuestra fe, nuestra imaginación, y los recursos que Dios nos provea. La prensa, la internet, la radio, la televisión, la imprenta, los lugares públicos, o sencillamente, nuestras finanzas.

¿Tienes el llamado? El Señor desea darle un nuevo sentido a tu vida.

Por el pastor Ruddy Carrera.

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