Por Revdo Ruddy Carrera.

El Martes 12 de Enero del año 2010 Puerto Príncipe la capital de Haití fue destruida por un terremoto de magnitud 7,0 que mató a más de 316,000 personas, hirió a otras 350,000 y dejó 1500,000 damnificados.

Al día siguiente mi fiel amigo y compañero de ministerio el misionero de la IMB pastor Carlos Llambes me llamó y me dijo que debíamos ir a Haití el próximo día.

Yo viajé hasta Santo Domingo de donde partimos un convoy de varios vehículos y camiones con provisiones. Recuerdo ver esa madrugada al pastor de la CBD Kendall Robles bien activo en la parte delantera de un camión.

En el cruce fronterizo entre Jimani y Haití.

Yo y mi amigo Carlos en cambio viajamos junto al Doctor Kim y su esposa Priscilla, dos misioneros de Corea del Sur que servían en Villa Mella. También en el carro viajaban el pastor Ricardo, un joven dominico haitiano que nunca había entrado a Haití y dos periodistas coreanos.

Los coreanos eran muy callados, en cambio los latinos siempre teníamos un tema o una historia que contar.

En Azua el Doctor que conducía el carro no vio un muro de estos que hay en cada calle principal de RD. Y lo voló y se le explotaron dos neumáticos al carro. Los demás compañeros iban alante y no se dieron cuenta. Pero gracias a Dios que el guardián de una estación de combustible se dio cuenta, y a esa hora nos buscó un gomero que nos vendió dos neumáticos usados y así continuamos el viaje.

Nos detuvimos antes de llegar a Jimaní próximo a la frontera, y mientras descansábamos Priscilla sacó un cubo cuadrado lleno de sándwiches. Nos dijeron que los habían preparado con un jugo de fruta en la noche anterior. Allí vi por primera vez el lindo paisaje de las dunas de Jimaní.

Seguimos el viaje y pasamos la frontera. Y no a muchos kilómetros ya se empezaba a ver la destrucción.

Haití es el país más pobre del hemisferio, el 80% de su población vive por debajo de la pobreza, y desde su independencia no ha logrado superar la violencia y las crisis sociales y políticas.

Cuando empezamos a aproximarnos a la capital, me sorprendió la gran cantidad de iglesias protestantes una próxima a otra sin respetar distancia, y los letreros coloridos con términos cristianos casi en todos los vehículos de cargas y en los locales comerciales.

La gente andaba desorientada y sin rumbo, buscando a sus conocidos desaparecidos. Y en el aire se podía oler el olor a mortandad y podredumbre. De esquinas en esquinas se veían los cuerpos quemados con neumáticos y gasolina, porque ya no había espacio para sepultarlos. Era como estar dentro de una pesadilla.

Los edificios estaban destruidos y las calles agrietadas, como si una enorme bomba de varios kilómetros explotara.

De momentos en momentos cundía el pánico, cuando se sentían las réplicas. Después del terremoto sucedieron 44 réplicas.

Llegamos a una Iglesia en Léogâne, que a pesar de que muchas casas sucumbieron al sismo su templo quedó intacto. Los misioneros pensaron que este era un lugar seguro para establecer un cuartel. Y desde entonces la Convención Bautista del Sur empezó a usar este lugar para los misioneros que llegaban.

Regresamos a Jimaní ese día, porque no encontrábamos espacio en la ciudad para dormir. Nos quedamos esa noche en el Hospital CADASHA, una clínica de una fundación Bautista.

Cuando aún salíamos de Puerto Príncipe un joven nos pidió comida, y yo extendi la mano para darle una galletica, pero la misionera líder y más veterana en Haití no me lo permitió, supuestamente por la seguridad del grupo. Lo vi como una acción exagerada, pero ella era la que más sabía sobre Haití, y se supone que teníamos que seguir sus consejos.

Ya en el Hospital de Jimaní pudimos ver de primera mano, el dolor y el sufrimiento de los sobrevivientes. El hospital era un campamento misionero, pero a la vez médico y militar americano.

Habían 3 helicópteros que no paraban de traer heridos.

Esa noche los hombres de mi equipo tuvimos que hacer guardia, para encontrar un espacio para dormir.

El doctor Kim, Carlos y yo dormimos en unos grandes muebles. Para esto esperábamos que un militar se levantara a tomar agua o a comer algo. Y entonces nos acostamos y nos hacimos los dormidos. Así cuando el militar regresaba ya encontraba a uno dormido. Recuerdo que para el Doctor que era un hombre muy formal, le fue muy difícil hacer esto. Pero yo lo convencí, y al día siguiente me dio las gracias.

El doctor Kim murió años después en Santo Domingo fruto de un infarto. Pienso cada día en ellos.

Al día siguiente Carlos Llambes me dijo, que en Jimani no había iglesias bautistas. Años más tarde mi iglesia envió al Pastor Fanesa Fanord y a su familia, quienes ya han empezado tres iglesias.

Cuando el terremoto Fanesa tenía su familia en Haití, y me estaba ayudando a empezar iglesias en Pedernales. Perdió su casa en Puerto Príncipe. Su familia estaba bien. Pero se encontraban refugiados en una carpa.

Ese día viajó con nosotros de Puerto Príncipe a Jimaní. Y estaba ahí cuando Carlos tuvo la idea.

Pocos días después Carlos volvió a decirme que debíamos volver a otro viaje rápido.

Como los dominicanos somos muy literales, interpreté rápido como “volveremos el mismo día”. Y viajé hasta Barahona el cruce más próximo a la ruta, y allí nos reunimos. Pero no llevé ningún bulto conmigo porque insinué que era un viaje de ida y vuelta.

Cuando me iba a montar en el carro, mi amigo me preguntó por mi bulto, y yo le dije que viajaba ligero. Entonces me dijo que era un viaje de varios días.

Me pude haber devuelto, porque estaba a 70 kilómetros aún de mi casa. Pero recordé que Jesús le dijo a sus discípulos, que debían viajar ligeros. Y emprendimos el viaje.

Cuando entramos a la zona devastada muchos de los Estadounidenses que viajaban en otros vehículos gritaban como de libertad, sacando sus cuerpos de los carros y me dije a mi mismo: esta gente debe de estar loca o enferma. No le veía sentido a esta actitud en una ciudad en luto. Después esta actitud creó un fuerte impacto en mi vida, y siempre que regreso a Haití tengo una sensación de tristeza.

La misión consistía en rescatar el cuerpo de un pastor, que se suponía estaba atrapado en los escombros de su propio templo. Recuerdo que a su esposa le llamaban madame Jean.

Nos hospedaron en el templo que había resistido el terremoto. Y conocimos al pastor de esta Iglesia, Pastor Ronel Mercidor quien junto a su esposa era Médico.

La búsqueda se prolongó por varios días, y yo parecía un pordiosero. Con mi contextura flaca y con la misma ropa mugrosa cada día. Mientras hacíamos la búsqueda del cadáver del Pastor también teníamos que derribar paredes de hormigón. Los zapatos se me rompieron y no tenía dinero para comprar unos ni usados. Algunos de mis compañeros  me dijeron que me darían algo de ropas pero eso nunca sucedió. Otros tuvieron la intención pero no me servían. Lavé mi ropa cada noche en el baño y dormía en toalla.

Todos dormimos en pequeñas camas en el piso del templo alineados. Y a pocos metros también dormían gente que se habían quedado sin casa. El Pastor Carlos y yo éramos los últimos en dormimos, hablando de historias o haciendo planes evangelísticos. Y el Pastor Fanesa a pesar de tener su familia damnificada siempre estaba ahí ayudando.

Durante ese tiempo conocí a una muchacha y empezamos una relación que duró más de un año. Y Carlos bromeaba conmigo porque decía él que yo sucio y con la misma ropa no dejaba de gustarle a las mujeres.

Cuando encontramos al pastor, estaba muerto. Aunque todos esperábamos eso. Después de tantos días era difícil que sobreviviera.

No conocía a aquel pastor, y aún me apena al recordar la tristeza de su esposa la Madam Jean.

Terminada la jornada volvimos a Santo Domingo. Pero Carlos me pidió que volviera  regresar a Haití a acompañar a la hija de un pastor amigo de todos, que había hecho un concierto musical  en Estados Unidos para recaudar fondos para llevar comidas.

No dude en decirle que sí. Era un hombre de 28 años y soltero. No tenía muchos compromisos.

Pasamos toda esa noche empacando sándwiches y cuantas cosas habían comprado. Llenamos el carro y nos llevamos al Pastor Cedanus Dorvil, un obrero haitiano que ministraba junto al pastor Carlos.

En Haití se nos unieron dos policías amigos de la hija del Pastor. Los policías eran Bautistas y tenías buenas intenciones. Siempre querían ir a alguna iglesia a ayudar a un Pastor o a gente que lo habían perdido todo. Pero la hija de Pastor quería dar las ayudas en las calles a cualquiera gente que viera y de paso hacer sus vídeos. Era una locura. Dimos dos viajes a Haití en esta circunstancias. La primera vez tuvimos que dormir en Neiba de Barahona del lado dominicano,  porque no había donde dormir en Haití. Todos los hoteles están llenos de militares, médicos, periodistas o misioneros.

En el segundo viaje dormimos en el Hotel Jimani cerca de la frontera. 

En uno de estos viajes una turba trató de voltearnos el carro para quitarnos los alimentos. Los policías sacaron sus armas de reglamentos y la gente retrocedió.

Invité al Pastor Fanesa Fanord mi compañero que perdió su casa y tenía su familia damnificada en una carpa  para darle algo de comida. Nos dijo que atravesó la ciudad caminado 12 kilómetros a pies y la mujer solo quiso darle un paquete de 12 botellas de agua. Y no quiso darle la comida que le habíamos dicho, a pesar de que su papá lo conocía a él.  Entonces me dije a mí mismo esto está mal y yo no tengo razón de estar aquí si no podemos ayudar a los nuestros.

Así terminaron mis viajes durante el terremoto.

Años después uno de mis compañeros iba a contraer matrimonio en el norte de Haití. Y yo había invitado a dos misioneros desde Los Estados Unidos para que los casaran a él.

El plan consistía en que ellos harían escala en Puerto Príncipe, y yo viajaría desde la República Dominicana en bus, y nos encontraríamos allá.

Cuando mi autobús llegó “Mal Paso” la frontera de Jimaní, yo me desmonté del autobús para comparar algo del lado haitiano, y dos hombres con pistolas en manos me atracaron y me quitaron mi billetera y documentos.

Aún así seguí el viaje, y mis amigos misioneros enviaron a los dos mismos policías de los viajes anteriores a buscarme a la estación de buses.

Esa noche dormimos en el edificio de una Convención que los Bautistas de Florida crearon en Haití. Y conocí a un grupo de Pastores estadounidenses que lucían muy delicados.

Dormimos en camarotes y durante esa noche aquellos pastores me hacían tantas preguntas sobre mi iglesia, y la cantidad de gente que se congregaban. Les dije que era plantador de iglesias pero no vi que mostrarán interés en esto. Y yo estaba cansado y enojado porque había perdido mis documentos. Y por otro lado pude ver de cerca el nivel de banalidad de muchos ministros cristianos. Y también entendí que la plantación de iglesias no era un asunto de interés para la mayoría.

Al día siguiente los policías vinieron a buscarnos, para emprender un viaje de casi 200 kilómetros por caminos malos hasta zoranger Gonaïves. Fue impactante ver el nivel de pobreza de las aldeas del Norte de Haití, y nunca había visto tanto burros en mi vida. La gente llegaba a la boda en burros con trajes de galas.

También vi el nivel de inocencia de los haitianos, a ver a las mujeres y a los hombres bañarse desnudos en grupos junto a los niños, en algunos ríos semi secos, mini canales y llaves públicas.

Fue en este viaje que descubrí la hospitalidad de los haitianos a otro nivel increíble. Haití es un país abierto a escuchar el mensaje del Evangelio.

Terminado el matrimonio nos quedamos a dormir en un hotel nuevo, de una aldea que estaba al lado del mar.

Y regresamos a la República Dominicana por la frontera de Pedernales. Los misioneros se quedaron conmigo varios días más predicando.

Después de esto tuve la idea de capacitar a un líder haitiano, para que empiece una Iglesia en esta frontera del lado haitiano. Así empezó la Obra en Anse a Pitre con el Pastor Jack Andris.

Luego Dios me ha abierto grandes puertas en Haití para ayudar a plantar nuevas iglesias en diferentes ciudades.

Y siempre que regreso a Haití me siento más respetado por este pueblo noble. Y veo más oportunidades para ayudar a extender el Reino de Dios.

En los últimos años he estado trabajando junto a mi compañero de viajes a Haití el Pastor Jeanel Mondelus, en capacitar a pastores y líderes ministeriales. Y hemos visto la providencia de Dios.

Nuestros viajes son extremos en motocicletas desde la misma República Dominicana.

A veces llueve y nos mojamos. Pero otros días disfrutamos de un sol radiante, del aire fresco, del frío extremo de un bosque o del calor de las dunas. Otras veces hemos mojados nuestros zapatos y ropas en los ríos. Pero en todo nos gozamos en Dios.

En tiempos recientes nuestro ministerio recibió del gobierno haitiano una propiedad de varios kilómetros cuadrados, para la construcción de un centro misionero y varios proyectos que ayuden al desarrollo espiritual y cultural del pueblo.

Y un mes antes de la pandemia del COVID 19 llevé a Haití a algunos de nuestros socios estratégicos, a evaluar la posibilidad de construir el centro de misiones, y llevar misioneros estadounidenses a una escala mayor. Pero la pandemia nos ha enseñado que todo se hará en el tiempo de Dios y para la gloria de su nombre.

Nuestros obreros en Haití sirven bajo circunstancias difíciles, por lo que siempre le pido a mis amigos y lectores que oren por ellos.

Hasta aquí nos ayudó Jehová (1 Sam. 7:12).
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