Cuando era un adolescente aún de 17 años, conocí a un Pastor en la ciudad de Santo Domingo. El Concilio al que pertenecía, lo trasladó de un pueblo llamado Bayaguana a la capital, para que se haga cargo de una pequeña congregación recién formada.

Recuerdo que era un hombre de unos 34 años, también casado con una dulce mujer un poco más joven, y que eran padres de una niña de 2 años.

Me contó que un día mientras estaba en su iglesia en Bayaguana, solo le llegó la noticia de que lo iban a trasladar a la capital. Y de hecho se había criado en un populoso barrio de la capital, pero se desarrolló en el ministerio en este pequeño pueblo, donde en tiempo libre se ganaba la vida como electricista.

Al poco tiempo de mudarse, a una pequeña habitación de la Iglesia de la capital, se encontró con que no tenía las conexiones para trabajar como electricista. Y que la iglesia a la que lo habían enviado, no podía pagarle ni lo básico para sostenerse junto a su familia; pero sí le exigían que debía hacer las visitas pastorales del día, y que debía participar puntualmente en los cultos de cada noche.

Como desde niño me crié en un ambiente pastoral, ya a mi edad de adolescente gozaba del respeto de los pastores, y de muchos líderes conciliares que había conocido. Y como nunca tuve miedo a tocar la puerta de un despacho, me propuse visitar personalmente al presidente del Concilio y explicarle la situación.

Un día eso fue lo que hice, y el líder conciliar me explicó una realidad que viven aún hoy la mayoría de los pastores dominicanos. Me dijo que el Concilio no era responsable económicamente de los pastores, y que la iglesia local debía hacerse cargo de él.

De momento mi amigo pastor se encontró en un limbo ministerial: el Concilio no podía ayudarlo, la iglesia no podía sostenerlo, y ya su primera iglesia se encontraba pastoreada por otro pastor, razón por la que no podía regresar.

No tuvo más opción que renunciar al ministerio, e irse a vivir con su familia a la casa de sus padres, y empezar una vida nueva, dedicada al sostenimiento de su familia.

Han pasado 21 años y siempre pienso en el pastor Claudio. Y cada día veo su solución en el problema de muchos hombres de Dios, que se encuentran en su misma situación.

Por Rev. Ruddy Carrera.

Hasta aquí nos ha ayudado el Señor (1 Sam. 7:12).
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