Los cristianos ofrendamos por muchas razones, pero sobre todo como un acto de agradecimiento y adoración  por la bondad de Dios en nuestras vidas.  La adoración y la gratitud hacia Dios deben ser considerados los dos factores básicos de toda ofrenda. Por tal razón cuando ofrendamos debemos hacerlo siempre con una actitud de adoración. Esta adoración siempre debe estar exenta de cualquier elemento externo que intente sustituir una verdadera gratitud hacia Dios, que se exprese desde lo más profundo de nuestro espíritu (Juan 4:23-24).

Desde los tiempos más remotos de la existencia del hombre, este ha sentido una necesidad natural de adorar y ofrendar a Dios (Génesis 4:4-6). Luego de la caída, el pecado original interrumpió esta relación entre Dios y el hombre, y este último perdió la comunión que tenía con su creador en el paraíso, dando lugar a una distorsión de la verdadera adoración que finalmente dio origen a la idolatría (Romanos 1:25).

En el Antiguo Testamento siempre que el hombre intentaba acercarse a Dios para adorarle lo hacía ofreciendo una ofrenda. En muchos de los casos era una ofrenda expiatoria o sustitutiva, que le recordaba al hombre su sentencia eterna por su pecado, pero que a la vez exalta la justicia y la misericordia de Dios, al permitirle al hombre pecador que había violentado su ley, que un sustituto muriera en su lugar (Leviticos 16:10). Pero en el acto, este sacrificio expiatorio siempre hacía la función de una ofrenda. El hombre pecador que adoraba a Dios, debía hacer un esfuerzo y desprenderse de algo que fuera de valor para él, y darlo a Dios como muestra de su gratitud o agradecimiento por su cuidado, perdón y misericordia (Leviticos 4:27-28).

Aun en los 400 años de silencio y el los tiempos del Nuevo Testamento los judios siguieron orando y ofrendando en el templo de Jerusalén (Mateo 5:23-24; 15:5; 21:12; 23:23), dando primacía al saduceismo sobre las demás corrientes religiosas y filosóficas del judaísmo; tanto estos como los fariseos se originaron en el exilio, pero estos últimos hacían énfasis en La ley o Sagradas Escrituras sobre la adoración presencial en el templo, razón básica por la que pudieron adaptarse socialmente y sobrevivir tras la destrucción del templo. Del mismo modo la Iglesia Primitiva siempre que se reunía en los hogares solía ofrendar al Señor parte de sus recursos materiales (Hechos 2:44-47; 4:35; 2 Corintios 8:5; 9:7. El Nuevo Testamento no hace suficientes énfasis sobre el ofrendar, pero al menos vemos que esto formaba parte de las prácticas y las reuniones de los primeros cristianos (2 Corintios 9:15), y que algunas veces con sus ofrendas ayudaron a otras iglesias de escasos recursos (1 Corintios 16:1-4).

Debemos considerar el ofrendar un acto de gracia inmerecido. Pero Dios en su amor y misericordia con que nos ha amado, nos permite adorarle con nuestras ofrendas y recursos, contribuyendo de este modo al crecimiento y avance del evangelio entre los perdidos. 

Cuando ofrendamos estamos practicando una buena obra, y como tal debemos estar conscientes de que las buenas obras no salvan, Al igual que el resto de las buenas acciones, el ofrendar no nos puede salvar; porque la salvación no es por obra, es por gracia. Sin embargo, las buenas obras en la vida cristiana deben ser consideradas el resultado de la salvación y la obra transformadora del Espíritu Santo (Santiago 2:18). 

El ofrendar se enmarca dentro de las buenas obras del cristiano y las disciplinas espirituales. Por tal razón entendemos que no ofrendamos para ser salvos o para recibir como retribución favores de Dios, sino que lo hacemos porque somos salvos y miembros de su Iglesia, y como agradecimiento por los muchos favores que hemos recibido de él.

Todos los cristianos estamos llamados a practicar el bien, porque eso forma parte de nuestra naturaleza espiritual. Es esta naturaleza del nuevo hombre la que se alimenta de tales disciplinas espirituales, que tienen que ver con asuntos como: el orar, meditar, estudiar la palabra de Dios, el compañerismo cristiano, la proclamación del mensaje del evangelio, el congregarse, y el ofrendar para el reino de Dios, etc.

Entonces sí podemos afirmar que el ofrendar puede ser considerada una disciplina espiritual, porque no es un evento que ocurre en determinado momento, sino que forma parte de un hábito de nuestro peregrinaje en esta vida terrenal, por medio del cual buscamos conocer la voluntad de Dios, y fortalecer nuestra relación personal con él.

Basado en nuestra continua adoración y glorificación a Dios en lo que hacemos (1 Corintios 10:31), cada cristiano debe hacer del ofrendar un hábito continuo e ininterrumpido que se refleje en todas las facetas de nuestras vidas y actividades.

Ahora bien cuando ofrendamos debemos hacerlo desde las perspectivas: Primero, de un espíritu agradecido y arrepentido (Mateo 5:23-24). Segundo, también es necesario tener un conocimiento bíblico y claro al respecto (Romanos 12:1: 1 Pedro 3:16; y tercero, siempre hacerlo en discreción y para la gloria de Dios (1 Corintios 10:31). 

Dios es soberano y todo lo que existe le pertenece a él (Salmos 24:1), por eso está claro de que Dios no nos necesita ni a nosotros ni nada nuestro para existir (Isaías 45:7-9. Pero aun así nosotros le pertenecemos a él (Efesios 1:17-17), nuestros recursos materiales son de él, y hasta nuestra salvación es de él (Efesios 2:8).

Ahora desde una perspectiva menos personal, todos los cristianos estamos llamados a pertenecer a una iglesia local (Hebreos 10:25). Como bíblicamente la iglesia es local, congregacional, laica, autónoma y financieramente autosostenible, es una responsabilidad de cada miembro local, sostener y desarrollar su iglesia. Fuera del llamado bíblico y de la experiencia de la fe cristiana que todo cristiano posee; también existe otro llamado que aunque también es bíblico en su base, es social y ético en cuanto al deber.

Es un deber ético de cada miembro de la iglesia local, sostenerla y desarrollarla. Como la iglesia bíblica es congregacional en cuanto a su gobierno, entonces le corresponde a este gobierno local producir sus propios recursos, para el sostenimiento de la iglesia y los ministerios locales; incluyendo especialmente el ministerio pastoral, seguido de las caridades a los desamparados y a los pobres.

Estos son deberes éticos de cada cristiano, que solo se logran cuando ofrendamos para que a través de una iglesia local saludable, se cumplan las metas y la visión por lo que fue plantada en esa determinada comunidad,

El cristiano no debe pretender que otra iglesia va a venir hacer en la suya lo que a él le corresponde, porque de esa pretensión ser cierta carecería de total base bíblica y seriedad. Mucho menos se debe esperar o permitir que el gobierno o el estado tome responsabilidad económica sobre aquellos retos que le corresponde resolver a los cristianos locales; porque la iglesia bíblica es laica y la razón de su existencia difiere en su naturaleza y fines a los del Estado. El estado no debe mistruirse en los asuntos de la Iglesia, y viceversa.

Aun así es extraño pensar que un grupo de inconverso perdidos en los vicios del pecado hagan funcionar: un prostíbulo, una banca de apuesta, un punto de drogas, una discoteca, un centro de brujería, y cuantos negocios más que poco contribuyen al desarrollo de la buena cultura y a la dignidad humana. Pero sucede que misteriosamente cuando muchos de estos vienen a Cristo, y son transformados por el Espíritu Santo, dicen no poder sostener su iglesia local, cuya labor en su comunidad es más digna que la de aquellos lugares que ellos solían frecuentar, y que hicieron de su vida una miseria desprovista de toda dignidad humana. 

En fin si como cristianos en verdad sentimos amor y gratitud alguna sobre la obra del Señor; el participar de esta gran obra que ha incluido a generaciones y a gente de todas tribus y naciones, que fueron y han sido transformada por el amor de Dios. Entonces veremos el ofrendar como un acto de adoración tan sencillo como el resto de las otras disciplinas espirituales.

Por el Pastor Ruddy Carrera.

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Hasta aquí nos ayudó Jehová (1 Sam. 7:12).
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